Fue a una semana de conocerla que descubrí que era lo que tanto inquietaba a Marina. Cuando subí esa mañana, encontré a su lado a un señor de bigotes, enfundado en la bata , guantes y botas. necesarios para estar en esa sala, al igual que yo. Este señor abría los brazos y hablaba en voz alta y le decía a Marina que se le veía mejor, que Dios hablaba con ella a través de sus ángeles que eramos las enfermeras, medico y psicólogo que a través de nuestras manos ella estaba recuperando la salud. Y mientras él hablaba, los ojos de Marina estaban fijos en mi , pero esta vez desencajados y ansiosos.
Le pedí al señor que me espere afuera y que me deje unos minutos con Marina. Cuando él se fue le pregunté "¡Es él, no es si? " y ella movió afirmativamente la cabeza. Y proseguí "Te preocupa como va a estar él después?" y me respondió con una afirmación. Y en ese momento le dije que se quede tranquila, que yo estaría con él y que él entendería, que si ella no estuviera, yo estaría ahí. Movió sus hombros como diciendo que estaba incrédula. Le sonreí y le pedí que confiara en mi.
El amor y las despedidas
Cuando salí a buscarlo, encontré al señor (que era pastor) y a una mujer joven, quien era hija de Marina. Ambos lloraban desconsoladamente pues sabían que Marina tenía poco tiempo de vida. Les conté que Marina quería descansar, que estaba sufriendo pero que no podía irse tranquila pues sentía que ellos no estaban procesando la situación. Les pedí que eliminaran comentarios como "te vas a sanar" o "estas mejorando" y lo reemplazaran por "te amo", "eres importante para mi", que le digan lo que sentían por ella y que ella se sienta amada y comprendida. También les pedí que trajeran personas importantes en la vida de Marina, incluso si habían personas con las que había perdido comunicación y sobretodo que busquen la manera de llevar a la hija con esquizofrenia y al esposo de Marina.
El lunes me enteré que ambos hijos habían llevado a muchas personas a visitar a marina, incluida una hermana con la que se había peleado por una falda hacía mas de 50 años y a quien no veía ese tiempo. También recibió la visita de su esposo (que tenía problemas del corazón) y de su hija, quienes estuvieron controlados. Todos los visitantes tenían la misma consigna que yo les había dado a ellos. Ese Lunes conversé por última vez con Marina. Ella estaba un poco mas repuesta y le pregunté si estaba contenta y en sus ojos me dio una entusiasta afirmación. a la que luego siguió su acostumbrado levantamiento de hombros con los que me indicaba duda. Le pregunté si seguía preocupada por sus hijos y lo afirmó. Le dije que recuerde que yo iba a estar ahí para ellos. Le dije que yo los apoyaría y que pasará lo que pasará ellos iban a estar bien.
En ese momento me miró fijamente en la que sería la ultima mirada que compartiríamos. Sentí que ella lo sabía y en esa mirada sentí su afecto y gratitud, su confianza pero también sentí paz, valentía, muchas cosas que no puedo explicar con palabras. Aquella Marina que en ese momento me miraba me lanzaba una mirada segura, firme, diferente a la mirada con la que le conocí. No había ni sombra de la Marina de mirada miedosa e insegura. Y yo sabía que esa era la mirada de despedida y nos sonreímos antes de irme a continuar con mi ronda. Desde el marco de la puerta la volví a mirar y ahi estaba, la mirada de Marina, llenando mi corazón de un sentimiento mezclado con una enorme necesidad de protegerla y mantenerla viva con la alegría de verla libre y en paz para partir.
La Partida
La mañana de ese martes subí corriendo al cuarto de Marina. Al llegar encontré a los dos hermanos llorando. Marina había partido y había sucedido estando en brazos de ellos dos quince minutos antes. Me dolió. A pesar de que estaba preparado para ello, me dolió y aun me saltan algunas lagrimas al recordar ese momento. Y los hermanos lloraban pero no era un llanto desconsolado, pues sabían que habían ayudado a que su madre se fuera en paz.
Esa mañana ya no pude seguir mi ronda y tuve que irme al jardín. Y lloré silenciosamente por Marina. Y le agradecí. A través de Marina pude despedir a mi abuela Ana , a quien tanto amé y de quien nunca pude despedirme. Le agradecí haber sido la más increíble y tierna maestra, pues me había dado la lección mas grande acerca de la vida y la muerte, acerca de la capacidad de las personas de elegir aun en el lecho de muerte y sobretodo me había enseñado a que el amor no necesita de palabras para poder ser expresado. Gracias Marina

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