domingo, 1 de septiembre de 2013

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD





Maruja

“En torcasita están cantando, que bonito es su trigal, cuchicu están diciendo, vamos todos con chanchui” cantaba Maruja mientras barría el piso de la sala y bailaba con la escoba mientras con su enorme y juguetona sonrisa de niña quinceañera nos invitaba a jugar a mi y a mi hermanito, que en esos tiempos contábamos con 7 y 6 años respectivamente.

Ella era una niña yungaina que había llegado a casa para trabajar como empleada bajo el mando de mi abuela y tíos. Maruja,  como toda niña de su edad, vivía entre sueños románticos y fantasías promovidas por sus largas horas viendo telenovelas. Recuerdo que cuando todos se iban y nos dejaban a su cuidado, nos sentábamos a ver la tele y era divertido verla suspirar y soñar.  Uno de los recuerdos mas divertidos que tengo de ella eran aquellos momentos en que Maruja jugaba a ser la heroína de telenovela y me gritaba “José Alberto, lárgate, la puerta esta abierta!!” y como estábamos en el ascensor, le decía “no puedo” y nos matábamos de risa.

En esos años, la discriminación hacia la gente que venía de la sierra era mucho mas fuerte que ahora y el termino “cholo” era usado de forma muy despectiva. Sin embargo, en su inocencia Maruja la usaba para jugar. Recuerdo que algunos días estábamos muy tranquilos comiendo o viendo tele y ella entraba corriendo con una media extendida con otra media en bola dentro y lanzándola por el aire gritaba “Matacholas!!!” y mi hermano y yo saltábamos por el aire para coger la media y lanzársela en la cabeza al mas cercano.

Recordar a Maruja es recordar esos primeros años infantiles en un hogar sobreprotector en donde permanecer dentro de casa era lo mas adecuado. Maruja no solo era la primera gran amiga sino la primera mirada externa de la realidad de la alegría e inocencia, inocencia en una mirada que en poco tiempo se teñiría de tristeza y desesperanza. Mirada muy parecida al de la paciente de la cama 14 del área de cirugía de adultos, a quien me había acercado esa mañana para brindarle soporte ante su futura operación.

Marcela


Marcela, debería tener aproximadamente 19 años, vivía en Lima pero la mayor parte de su vida la había vivido en Ayacucho. Como muchas jovencitas de provincia, había venido a Lima a estudiar y a buscar un futuro diferente, dejando familia y amigos atrás. Marcela había ingresado por fuertes dolores de cabeza y posteriormente se le había detectado un avanzado tumor en el cerebro.

Su mirada era ingenua y su voz simplona y alegre. Me contaba que estaba preocupada por la operación que le harían al día siguiente. Me contaba que estaba preocupada porque sus familiares no sabían sobre su estado. Ella había decidido vivir en la capital desde hace algunos años y trabajaba como secretaria en una empresa. Le iba muy bien hasta que se enamoró de su jefe. Me contaba que al inicio no quería estar con él pero este señor la supo conquistar hasta que cayó a sus pies. Por esa relación perdió el trabajo y al poco tiempo se enteró que él estaba casado y quiso romper con él pero estaba sola y no tenía a donde ir mas que el pequeño cuarto que él le alquilaba.

Recuerdo muy bien esa tarde y esa conversación. Marcela sabia que después del tumor ya no podía enfrentar nada peor. Recuerdo que ella sola llegó a la conclusión de que se subestimaba a ella misma, que ella se merecía tener a un hombre que la amara a ella sola y no solo recibir migajas de su tiempo. Esa tarde me miró a los ojos y con su peculiar y divertida manera de expresarse me dijo que prometía que al regresar a casa iba a demostrarse a si misma y al mundo que ella podía sola. Iba a dejar a su “novio”, dejar el cuarto y devolverle sus cosas, regresar a su tierra y trabajar para conseguir una segunda oportunidad.


La partida de Maruja

Una segunda oportunidad. Y recordé a Maruja. La vida la trató muy mal. Mi pobre niña yungaina fue violada una noche mientras dormía por un animal, un  infeliz que se aprovechó de su fuerza y su poder para aprovecharse de una niña pequeña que no tenía a donde ir. Al día siguiente de ese suceso, su mirada cambió.  Yo no entendía que había sucedido, solo notaba que mi amiga querida tenía la mirada triste, que mis padres también estaban tristes y se sentían impotentes para poder ayudarla. Y desde ese día, Maruja dejó de jugar y mirar telenovelas, dejó de cantar y de soñar despierta.

Y al poco tiempo supimos que estaba saliendo con un señor que trabajaba en el canal 7, que estaba al frente de mi casa, y quien le había prometido llevársela y hacerla muy feliz. Recuerdo que mi abuela estaba muy molesta con esa relación pues nadie conocía al susodicho, solo oíamos los rumores de que los domingos ella se encontraba con su galán en la esquina del edificio donde vivíamos y se iban juntos.

Un día escuché un enorme alboroto, Maruja estaba recogiendo sus cosas y se iba de la casa. Mi madre, que la quería mucho estaba llorando y le dio el pequeño colchón en donde ella dormía. Yo comencé a llorar y la abracé por las piernas y ella, con la mirada triste me dijo que no llorara, que ella se iba con su príncipe azul, que era un hombre muy bueno y simpático y que la quería mucho. Y que se iba a una casita que él le había alquilado y que iba a ser muy feliz, que la vida le estaba dando una segunda oportunidad.

Y esa segunda oportunidad solo terminó siendo un deseo que nunca se concretó. El novio de Maruja era un hombre casado, de mucha mayor edad que ella y que al poco tiempo la abandonó a su suerte. Maruja anduvo un tiempo en la calle y un buen día regresó a mi casa a despedirse. Estaba muy enferma, tenía pulmonía y había decidido regresar a su tierra a ver sus padres y tratar de sanarse. Me dolió mucho verla. Maruja tendría 17 años y sin embargo parecía una envejecida mujer, cubierta totalmente por unos ponchos que la protegiesen  del frio limeño. La mirada estaba apagada y sin brillo y el rostro muy delgado. Maruja regresó a su natal Yungay solo a descansar para siempre pues a los pocos días de su retorno falleció. La vida no le dio esa segunda oportunidad que ahora Marcela también reclamaba.


Oportunidades

Al día siguiente de la operación subí directo a buscar a Marcela. Ahí estaba ella, parecía dormida, su rostro estaba limpio y calmado y me acerqué lentamente para revisar la historia clínica, en la cual se indicaba que la operación había fallado, el tumor era inoperable y Marcela había quedado en coma, en estado vegetativo y que no despertaría de ese eterno sueño. La muchachita de la voz simplona y alegre no podría ir por su segunda oportunidad.Y en silencio me despedí de ella y le agradecí por el hecho de enseñarme de que siempre existen diversas maneras de ver las oportunidades. 


Dos muchachas llenas de sueños y fantasías habían chocado con la dura realidad, con la mentira, la traición y el abandono. Ambas habían buscado una segunda oportunidad y habían tomado elecciones. Maruja me dejo los momentos mas divertidos de mi infancia, me enseño que todos somos iguales y que no hay diferencias de piel, raza ni condición social cuando se trata de amor y amistad. Y lo que me llevé de Marcela fue esa sonrisa, esa alegría al tomar una determinación para su vida, una decisión que no se pudo concretar y sin embargo ella se había ido contenta y feliz de saberse dueña de su destino y de su vida. Las oportunidades no se ven determinadas por el exito o fracaso de las acciones que se trazan al elegirlas, sino por la persona que crece y se crea cuando se hace posible el darse la posibilidad de elegir. Gracias Maruja, te extraño y extrañare siempre, gracias por tus juegos y tu amor incondicional. Gracias Marcela por tu confianza y el enorme aprendizaje que me dejaste tan solo en una conversación.

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