Maruja
“En torcasita están cantando, que bonito es su trigal, cuchicu están diciendo,
vamos todos con chanchui” cantaba Maruja mientras barría el piso de la
sala y bailaba con la escoba mientras con su enorme y juguetona sonrisa de niña
quinceañera nos invitaba a jugar a mi y a mi hermanito, que en esos tiempos contábamos
con 7 y 6 años respectivamente.
Ella era una niña yungaina que había llegado a casa para
trabajar como empleada bajo el mando de mi abuela y tíos. Maruja, como toda niña de su edad, vivía entre sueños románticos
y fantasías promovidas por sus largas horas viendo telenovelas. Recuerdo que
cuando todos se iban y nos dejaban a su cuidado, nos sentábamos a ver la tele y
era divertido verla suspirar y soñar. Uno de los recuerdos mas divertidos que
tengo de ella eran aquellos momentos en que Maruja jugaba a ser la heroína de
telenovela y me gritaba “José Alberto, lárgate, la puerta esta abierta!!” y
como estábamos en el ascensor, le decía “no puedo” y nos matábamos de risa.
En esos años, la discriminación hacia la gente que venía de
la sierra era mucho mas fuerte que ahora y el termino “cholo” era usado de
forma muy despectiva. Sin embargo, en su inocencia Maruja la usaba para jugar.
Recuerdo que algunos días estábamos muy tranquilos comiendo o viendo tele y
ella entraba corriendo con una media extendida con otra media en bola dentro y lanzándola
por el aire gritaba “Matacholas!!!” y mi hermano y yo saltábamos por el aire
para coger la media y lanzársela en la cabeza al mas cercano.
Recordar a Maruja es recordar esos primeros años infantiles
en un hogar sobreprotector en donde permanecer dentro de casa era lo mas
adecuado. Maruja no solo era la primera gran amiga sino la primera mirada
externa de la realidad de la alegría e inocencia, inocencia en una mirada que en
poco tiempo se teñiría de tristeza y desesperanza. Mirada muy parecida al de la
paciente de la cama 14 del área de cirugía de adultos, a quien me había
acercado esa mañana para brindarle soporte ante su futura operación.
Marcela
Marcela, debería tener aproximadamente 19 años, vivía en
Lima pero la mayor parte de su vida la había vivido en Ayacucho. Como muchas
jovencitas de provincia, había venido a Lima a estudiar y a buscar un futuro
diferente, dejando familia y amigos atrás. Marcela había ingresado por fuertes
dolores de cabeza y posteriormente se le había detectado un avanzado tumor en
el cerebro.
Su mirada era ingenua y su voz simplona y alegre. Me contaba
que estaba preocupada por la operación que le harían al día siguiente. Me
contaba que estaba preocupada porque sus familiares no sabían sobre su estado.
Ella había decidido vivir en la capital desde hace algunos años y trabajaba
como secretaria en una empresa. Le iba muy bien hasta que se enamoró de su
jefe. Me contaba que al inicio no quería estar con él pero este señor la supo
conquistar hasta que cayó a sus pies. Por esa relación perdió el trabajo y al
poco tiempo se enteró que él estaba casado y quiso romper con él pero estaba sola y no tenía a donde ir mas que el pequeño cuarto que él le alquilaba.
Recuerdo muy bien esa tarde y esa conversación. Marcela
sabia que después del tumor ya no podía enfrentar nada peor. Recuerdo que ella
sola llegó a la conclusión de que se subestimaba a ella misma, que ella se
merecía tener a un hombre que la amara a ella sola y no solo recibir migajas de
su tiempo. Esa tarde me miró a los ojos y con su peculiar y divertida manera de
expresarse me dijo que prometía que al regresar a casa iba a demostrarse a si
misma y al mundo que ella podía sola. Iba a dejar a su “novio”, dejar el cuarto
y devolverle sus cosas, regresar a su tierra y trabajar para conseguir una
segunda oportunidad.
La partida de Maruja
Una segunda oportunidad. Y recordé a Maruja. La vida la
trató muy mal. Mi pobre niña yungaina fue violada una noche mientras dormía por
un animal, un infeliz que se aprovechó de su fuerza y su poder para aprovecharse de una
niña pequeña que no tenía a donde ir. Al día siguiente de ese suceso, su mirada
cambió. Yo no entendía que había
sucedido, solo notaba que mi amiga querida tenía la mirada triste, que mis
padres también estaban tristes y se sentían impotentes para poder ayudarla. Y
desde ese día, Maruja dejó de jugar y mirar telenovelas, dejó de cantar y de
soñar despierta.
Y al poco tiempo supimos que estaba saliendo con un señor
que trabajaba en el canal 7, que estaba al frente de mi casa, y quien le había
prometido llevársela y hacerla muy feliz. Recuerdo que mi abuela estaba muy
molesta con esa relación pues nadie conocía al susodicho, solo oíamos los
rumores de que los domingos ella se encontraba con su galán en la esquina del
edificio donde vivíamos y se iban juntos.
Un día escuché un enorme alboroto, Maruja estaba recogiendo
sus cosas y se iba de la casa. Mi madre, que la quería mucho estaba llorando y
le dio el pequeño colchón en donde ella dormía. Yo comencé a llorar y la abracé
por las piernas y ella, con la mirada triste me dijo que no llorara, que ella
se iba con su príncipe azul, que era un hombre muy bueno y simpático y que la
quería mucho. Y que se iba a una casita que él le había alquilado y que iba a
ser muy feliz, que la vida le estaba dando una segunda oportunidad.
Y esa segunda oportunidad solo terminó siendo un deseo que
nunca se concretó. El novio de Maruja era un hombre casado, de mucha mayor edad
que ella y que al poco tiempo la abandonó a su suerte. Maruja anduvo un tiempo
en la calle y un buen día regresó a mi casa a despedirse. Estaba muy enferma,
tenía pulmonía y había decidido regresar a su tierra a ver sus padres y tratar
de sanarse. Me dolió mucho verla. Maruja tendría 17 años y sin embargo parecía
una envejecida mujer, cubierta totalmente por unos ponchos que la
protegiesen del frio limeño. La mirada
estaba apagada y sin brillo y el rostro muy delgado. Maruja regresó a su natal
Yungay solo a descansar para siempre pues a los pocos días de su retorno
falleció. La vida no le dio esa segunda oportunidad que ahora Marcela también reclamaba.
Oportunidades
Al día siguiente de la operación subí directo a buscar a
Marcela. Ahí estaba ella, parecía dormida, su rostro estaba limpio y calmado y
me acerqué lentamente para revisar la historia clínica, en la cual se indicaba
que la operación había fallado, el tumor era inoperable y Marcela había quedado
en coma, en estado vegetativo y que no despertaría de ese eterno sueño. La
muchachita de la voz simplona y alegre no podría ir por su segunda oportunidad.Y en silencio me despedí de ella y le agradecí por el hecho de enseñarme de que siempre existen diversas maneras de ver las oportunidades.
Dos muchachas
llenas de sueños y fantasías habían chocado con la dura realidad, con la
mentira, la traición y el abandono. Ambas habían buscado una segunda
oportunidad y habían tomado elecciones. Maruja me dejo los momentos mas divertidos de mi infancia, me enseño que todos somos iguales y que no hay diferencias de piel, raza ni condición social cuando se trata de amor y amistad. Y lo que me llevé de Marcela fue esa sonrisa, esa alegría al tomar una determinación para su vida, una decisión que no se pudo concretar y sin embargo ella se había ido contenta y feliz de saberse dueña de su destino y de su vida. Las oportunidades no se ven determinadas por el exito o fracaso de las acciones que se trazan al elegirlas, sino por la persona que crece y se crea cuando se hace posible el darse la posibilidad de elegir. Gracias Maruja, te extraño y extrañare siempre, gracias por tus juegos y tu amor incondicional. Gracias Marcela por tu confianza y el enorme aprendizaje que me dejaste tan solo en una conversación.

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